Empezar estas líneas ha tocado fibras profundas dentro de mí... cada instante que me disponía a escribir, veía como mi pecho palpitaba aceleradamente y mi respiración se acortaba. Finalmente, sentada frente a mi ventana, observando la profundidad del mar y la oscuridad de la madrugada, tomé la pluma y me dispuse a escribir... palabras inspiradas por el espíritu, transparentes y humildes.
Sumergida en la tristeza en donde puedo ver, sentir y oler el dolor de no tener a mi hijo a mi lado, me mueve el deseo de comunicar mis sentimientos, reacciones, reflexiones y creencias, inspirada por el valor de irradiar esperanza a aquellas familias que en este momento están padeciendo la desgarradora experiencia de perder un hijo. Ojalá este rayito de luz ilumine a aquellos hogares que tienen la fortuna de no sentir este vacío, tomando conciencia de nuestra vulnerabilidad como seres humanos para así poder enfrentar el sufrimiento o la muerte de los demás.
La experiencia personal
Piero Rafael murió el 27 de junio de 1998, cuando tenía 5 años y medio, a consecuencia de un accidente con un arma de fuego en el Valle de Antón. Esa noche llena de nubes oscuras, con llovizna, mil preguntas llegaban a mi mente... ¿Sufrió antes de morir? Se asustó? ¿Cómo enfrentar la vida sin él? ¿Por qué a mi hijo le tocó esto? ¿Qué mal he hecho yo para merecer este castigo? ¿Qué voy a hacer sin mi hijito? ¿Qué será de mi otro hijo, Paolo, con una madre triste toda su vida? Estas fueron, una y otra vez, las preguntas e imágenes que me torturaban, rodeada de muchos seres queridos que deseaban aliviar nuestro dolor. Doy gracias a esos abrazos, rezos, llamadas de preocupación y largas horas escuchándonos, que nos permitieron sobrevivir esa primera etapa.
Enterrar mi hijo... despedirme, preguntarle a Dios dónde estaba mi pequeño: "¿Esa vida eterna realmente existe?" "Si eres tan bueno: ¿Por qué te lo llevaste?..." "Permítele a la Virgen tenerlo en sus brazos". Mi corazón se me desgarraba, no podía llorar, sentía que el dolor encarnado en mis entrañas no iba a salir. Sentía que no iba a poder vivir. Quise estar a su lado, sentí que había fracasado como madre, cuestioné la existencia misma de la vida, se desmoronaban mis cimientos, mis valores, mis creencias. Mi familia, sin Piero, no era familia. Hablar de él constantemente y ver algunas de sus fotos me confortaba.
El camino del duelo está lleno de miedos, culpas, resentimientos, impotencia, pasividad, vacío y odio. Son sentimientos que aterrorizan, que juzgamos en nosotros mismos, dolorosos de enfrentar y, a veces, irreales, provocados por nuestras fantasías. ¡Si tan sólo pudiésemos entender, desde niños, nuestra propia vulnerabilidad, nuestras limitantes, nuestros errores, pudiésemos acariciarnos con mucha más benevolencia, misericordia y paciencia! Con frecuencia los sentimientos de culpa que nos agobian son reales, en cuyo caso es saludable enfrentarlos, razonarlos y perdonarnos. Este acto de humildad nos permitirá enseñar a nuestros hijos a enfrentar la adversidad y situaciones dolorosas.



