martes 22 de enero de 2008

La muerte de un hijo, un amor infinito

La muerte de un hijo, un amor infinito
Por: Giselle De La Hoz de Martínez

Empezar estas líneas ha tocado fibras profundas dentro de mí... cada instante que me disponía a escribir, veía como mi pecho palpitaba aceleradamente y mi respiración se acortaba. Finalmente, sentada frente a mi ventana, observando la profundidad del mar y la oscuridad de la madrugada, tomé la pluma y me dispuse a escribir... palabras inspiradas por el espíritu, transparentes y humildes.

Sumergida en la tristeza en donde puedo ver, sentir y oler el dolor de no tener a mi hijo a mi lado, me mueve el deseo de comunicar mis sentimientos, reacciones, reflexiones y creencias, inspirada por el valor de irradiar esperanza a aquellas familias que en este momento están padeciendo la desgarradora experiencia de perder un hijo. Ojalá este rayito de luz ilumine a aquellos hogares que tienen la fortuna de no sentir este vacío, tomando conciencia de nuestra vulnerabilidad como seres humanos para así poder enfrentar el sufrimiento o la muerte de los demás.

La experiencia personal

¡Cuántas veces hemos deseado fervorosamente una vida feliz, sin dificultades, sin sufrimientos! Sin embargo, esa existencia es meramente utópica e inhumana. Lamentablemente, nuestro existir está condicionado por la dificultad y por alguna forma de sufrimiento. Se necesita valor para enfrentar el dolor que causa la muerte de un hijo, se necesita el apoyo, hasta del que no nos conoce, con su oración. Se necesita coraje para arrancar el miedo, un miedo que invade, que paraliza, una tristeza que nos envuelve e inestabiliza, unas culpas que se entierran como agujas por todo el cuerpo noche y día, añorando cada amanecer de un nuevo día tener a ese hijo adorado con nosotros.

Piero Rafael murió el 27 de junio de 1998, cuando tenía 5 años y medio, a consecuencia de un accidente con un arma de fuego en el Valle de Antón. Esa noche llena de nubes oscuras, con llovizna, mil preguntas llegaban a mi mente... ¿Sufrió antes de morir? Se asustó? ¿Cómo enfrentar la vida sin él? ¿Por qué a mi hijo le tocó esto? ¿Qué mal he hecho yo para merecer este castigo? ¿Qué voy a hacer sin mi hijito? ¿Qué será de mi otro hijo, Paolo, con una madre triste toda su vida? Estas fueron, una y otra vez, las preguntas e imágenes que me torturaban, rodeada de muchos seres queridos que deseaban aliviar nuestro dolor. Doy gracias a esos abrazos, rezos, llamadas de preocupación y largas horas escuchándonos, que nos permitieron sobrevivir esa primera etapa.

Enterrar mi hijo... despedirme, preguntarle a Dios dónde estaba mi pequeño: "¿Esa vida eterna realmente existe?" "Si eres tan bueno: ¿Por qué te lo llevaste?..." "Permítele a la Virgen tenerlo en sus brazos". Mi corazón se me desgarraba, no podía llorar, sentía que el dolor encarnado en mis entrañas no iba a salir. Sentía que no iba a poder vivir. Quise estar a su lado, sentí que había fracasado como madre, cuestioné la existencia misma de la vida, se desmoronaban mis cimientos, mis valores, mis creencias. Mi familia, sin Piero, no era familia. Hablar de él constantemente y ver algunas de sus fotos me confortaba.

El camino del duelo está lleno de miedos, culpas, resentimientos, impotencia, pasividad, vacío y odio. Son sentimientos que aterrorizan, que juzgamos en nosotros mismos, dolorosos de enfrentar y, a veces, irreales, provocados por nuestras fantasías. ¡Si tan sólo pudiésemos entender, desde niños, nuestra propia vulnerabilidad, nuestras limitantes, nuestros errores, pudiésemos acariciarnos con mucha más benevolencia, misericordia y paciencia! Con frecuencia los sentimientos de culpa que nos agobian son reales, en cuyo caso es saludable enfrentarlos, razonarlos y perdonarnos. Este acto de humildad nos permitirá enseñar a nuestros hijos a enfrentar la adversidad y situaciones dolorosas.

jueves 3 de enero de 2008

A los niños muertos en Gaza





En la mezquita de Yabalia, parientes, amigos y vecinos de las víctimas se acercan a dedicarles una oración, a darle el último adiós.
Son tres, una mujer embarazada y sus dos hijas: María, de cinco años, y Shahd, de ocho meses. Cuando los tanques israelíes entraron al barrio de Ash Shaaf las cogieron por sorpresa. No pudieron escapar como hicieron muchos de sus vecinos, así que se refugiaron en el salón de la casa. Pero un obús impactó de lleno, destruyendo toda la primera planta.